El caso Bergara y las mafias policiales en Argentina

Los cambios de formato del libro, la vorágine de las fiestas y nuestra autopromesa de mantener la distancia respecto a la actualidad privaron a este blog de cualquier mención al secuestro del empresario Leonardo Bergara en Argentina.
Fueron 33 largos días de cautiverio que terminaron este fin de semana con su liberación, como cubrieron ampliamente desde Clarín al español El Mundo, que incluso habla de una industria argentina del secuestro y menciona casos como el de Mauricio Macri, ya comentado en este blog.
No hablaremos aquí sobre los más de 200.000 dólares de rescate, sobre el cinematográfico pago en la exclusiva localidad costera de Pinamar, sobre su aparición en casa de un policía ni sobre las sospechas que desde un principio apuntaron a la Policía Bonaerense, a quien todos apuntan como autor intelectual y material del rapto.
Para hacerse una idea de cuán enrarecido está el clima político alrededor del caso, basta leer la entrevista con el gobernador Daniel Scioli, que ha aumentado su escolta y habla de mensaje mafioso a su gestión. Hoy incluso se supo que su rival y gran sorpresa en los comicios de 2007, Margarita Stolbizer, ha sido víctima de un secuestro exprés en Castelar.
¿Por qué dedicarle estas líneas atrasadas al caso Bergara, entonces? Bueno, porque condensa muchos de los males de la sociedad argentina que intentamos ilustrar en nuestro libro.
Jorge Drexler cantaba hace poco que nada se pierde, que todo se transforma. Todo el caso Bergara es como un revival de las grandes asignaturas pendientes de la política y las fuerzas de seguridad de la provincia de Buenos Aires.
Un triángulo imperfecto se repite en la provincia (peronismo en el poder – Policía Bonaerense – víctimas) desde hace más de una década. La cuarta pata, la justicia, juega al mejor postor. Los primeros (Duhalde, Ruckauf, Solá y ahora Scioli) acusan a los segundos cuando les conviene, o bien orquestan “purgas” (hasta La Nación pone hoy la palabra entre comillas) que no erradican los focos mafiosos en el cuerpo policial.
Varias de estas “limpiezas” coincidieron con secuestros célebres en los que tuvieron que ver directa o indirectamente agentes de la PBA: Diego Peralta en 2002, Axel Blumberg en 2004, Facundo Azulay en 2005, Hernán Ianone en 2006 y ahora Bergara. En cuyo secuestro, dicho sea de paso, parece tener que ver El Ruso Lohrman, responsable a su vez de los secuestros de la paraguaya Cecilia Cubas y del argentino Cristian Schaerer.
Que la Policía Bonaerense perpetre secuestros en vez de perseguirlos es una pésima noticia, pero no es nueva en absoluto. Que el todopoderoso peronismo bonaerense tenga sus más y sus menos con su principal cuerpo de seguridad, tampoco. Aunque a ambos los unen muchas más cosas que las que los separan.
Y que las víctimas sirvan de instrumento a uno u otro bando, no es ni mucho menos una novedad. Y no hablamos de Julio López. ¿Nadie recuerda el extraño secuestro de Luis Gerez, ni su aún más extraña aparición minutos después de un rarísimo (por lo poco habitual) mensaje televisado del propio presidente Néstor Kirchner exigiendo su liberación? Las declaraciones de estos días de la cúpula peronista sobre el caso Bergara parecen un calco de aquéllas, con esa retórica de la impunidad tan manoseada por todos.
Por supuesto, Scioli (que tuvo un hermano en cautiverio) ya estuvo con la familia Bergara. Pero sería fantástico que un secuestro extorsivo, o una seguidilla de asesinatos más o menos sangrientos, no fueran más la moneda de cambio para negociar espacios de poder en la provincia argentina más rica. Y mucho menos entre actores que se supone que están de este lado de la ley.
Que, dicho sea de paso, sigue estando más que ausente entre los que menos tienen.