Marina Moreno

Estudié Derecho en la Universidad Católica de Cuyo, y después realicé una especialización en turismo con maestros españoles. Pasé dos décadas dedicada a la planificación y promoción turística regional en Argentina, asesorando al sector público y privado u organizando un sinfín de cursos, workshops y eventos.

Fui responsable de Turismo, Cultura, Relaciones Institucionales, Prensa y Difusión para un gobierno provincial en Buenos Aires. Trabajé con agencias de viajes, estancias rurales, programas de televisión, diarios, productoras audiovisuales británicas, el Congreso y el Senado de la Nación,el Consejo Federal de Inversiones y la Secretaría de Turismo argentina, entre otros.

Mi relación con el periodismo empezó a fines de la década de 1980, cuando el grupo Comunione e Liberazione llegó a la Argentina de la mano de mi querido y recordado don Francesco Ricci. Coordiné varias revistas para ellos, y luego pasé a colaborar en publicaciones de viajes: Lugares, Aire y Sol, Weekend, las Guías YPF

Entre los años 2000 y 2001 asesoré a la española Editorial Sol 90 con su colección Guías Visuales Clarín de la Argentina. Su editor era Marc Llorens, y ahí conocí su forma de trabajar.

En 2004 Marc me comentó su interés por el tema de los secuestros, y me invitó a sumarme a este proyecto. Aunque el periodismo de investigación era un terreno nuevo para mí, no pude dejar pasar la ocasión. Fue una tarea larga y ardua, pero creo que el libro salió enriquecido porque ambos procedemos de culturas y visiones distintas. La distancia física entre los dos (yo vivía en Italia y él en Sudamérica) tampoco afectó el resultado final. Le agradezco su generosidad: trabajar con él ha sido un honor.

Nos enteramos de cientos de historias terribles y muy poco conocidas. Comprobamos que había casos muy similares entre sí en todo el continente, y decidimos seguir el hilo. Salvando las distancias, fue como ver brotar un Nunca Más del siglo XXI que hablara de toda América Latina.

El libro gustará o no, pero los testimonios que incluye hablan por sí solos. Son lecciones de supervivencia al límite, de dignidad, de amor. Los hay de sobras. Son la prueba de que el verdadero rasgo de hermandad entre los pueblos latinos sigue siendo el infortunio.