El secuestro de Hugo Alberto Wallace

 

De madre coraje ejemplar a sospechosa de perjurio, falsificación de documentos, amenazas e incluso de fingir el secuestro y asesinato de su hijo Hugo Alberto Wallace, cuyo cuerpo nunca apareció.

En mayo de 2014 María Isabel Miranda de Wallace volvía a las portadas de los medios mexicanos. Los mismos que desde 2005 siguieron sus campañas para encontrar a los responsables de raptar y matar a su hijo, gracias a las cuales recibió el Premio Nacional de Derechos Humanos del presidente Felipe Calderón, y más tarde se convirtió en candidata a la jefatura del gobierno del Distrito Federal. Sólo que ahora la acusada era ella.

Portada Revista Proceso

 

Un reportaje de Anabel Hernández en Proceso aportaba pruebas de que Hugo Alberto Wallace tendría dos partidas de nacimiento distintas (una de ellas presentada por el interesado para un trámite cinco años después de su desaparición), y el teléfono de éste habría registrado una llamada posterior a la fecha en que se supone que le asesinaron. Además, una muestra del ADN de la víctima le atribuía sexo femenino.

Otra serie de artículos en Los Ángeles Press (aquí está el primero, y aquí se pueden consultar todos) documentaba el rosario de irregularidades cometidas por María Isabel Miranda de Wallace durante la investigación. Se la acusa de manipular pruebas, corromper a funcionarios, amenazar a los acusados del secuestro e incluso ordenar que sean torturados en la cárcel. Estas revelaciones defenestraron la imagen pública de Wallace, e incluso mexicanos en Estados Unidos lanzaron una campaña de repudio en Nueva York.

Nada de esto había salido a la luz cuando en 2008 publicamos el texto que sigue a continuación. Cosas que pasan.

 

(extraído del libro El secuestro en Latinoamérica)

A inicios de 2006, la odisea de una madre en busca de los secuestradores de su hijo puso patas arriba a todo el Distrito Federal y al resto de México. Años atrás, otros compatriotas ya habían investigado por su cuenta, capturado y entregado al asesino de un familiar, como hizo Eduardo Gallo con quien mató a su hija Paola. Pero la historia de María Isabel Miranda de Wallace supera a cualquier equipo de guionistas.

Como todos los protagonistas de El secuestro en Latinoamérica, ella era una ciudadana común dedicada a su trabajo de consultora de escuelas hasta la tarde del 11 de julio de 2005. Hacia las dos y media María Isabel se despidió de su hijo Hugo Alberto Wallace: dueño de una empresa de fumigación, divorciado, padre de una niña de diez años, jugador de fútbol americano, aficionado a las motos y muy apegado a ella.

Ese día madre e hijo hablaron por teléfono de nuevo a las seis. Hugo le comentó que iría al cine de Plaza Universidad, al sur de la capital, pero sin decirle con quién. A su primo sí se lo dijo: su acompañante sería una joven bailarina llamada Juana Hilda González Lomelí, del grupo Clímax. Se la había presentado un tal Jacobo Tagle Dubín, un hombre con quien Wallace solía hablar de negocios y que a su madre nunca le gustó.

María Isabel Miranda se acuerda de la camisa de rayas rosa que vestía Hugo Wallace aquella mañana, porque fue la última vez que lo vio. Esa noche Hugo no se comunicó con ella como de costumbre, y a la mañana siguiente su madre supo por la sirvienta que no había dormido en su casa.

Poco después su camioneta apareció abandonada. A la salida del cine, dos hombres le habían hecho subir al vehículo y conducir hasta una casa. Un vecino contará que vio cómo sacaban a un muchacho del vehículo por la fuerza y se lo llevaban a un apartamento cercano, en la calle Peruggino. Allí un niño dirá que escuchó balazos, y la llamada de otro vecino al número policial 060 confirmará sus palabras.

María Isabel avisa a las autoridades, pero pasan 30 días hasta que los secuestradores se ponen en contacto con ella. Junto con la exigencia de un rescate le llegan unas fotos de Wallace con las palabras: “Mamá, quiero regresar con mi hijita y con ustedes, no me fallen”. A la semana recibe otra carta donde le recriminan haber entregado las fotos a la policía, y amenazan de muerte a madre e hijo. Miranda comprende que en el caso hay policías implicados. A través de un anuncio en un diario y en internet, les dice a los secuestradores que está dispuesta a negociar. Una tercera carta insiste en el monto inicial del rescate y reitera las amenazas. Le sigue otro mensaje de Miranda donde dice que pagará esa suma. Después, nada más.

Pasa el tiempo y la policía sigue sin avanzar en el caso. Cansada de esperar varios meses en vano, María Isabel empieza a investigar el caso por su cuenta. Lo decide después de ver a los agentes remolcar sin ningún cuidado la camioneta de su hijo y declarar después que no había huellas digitales en ella. Con la ayuda de familiares, amigos y de gente común encontrará a los presuntos secuestradores, y uno a uno los conducirá a la policía para que los detenga.

Para ello utiliza nombres falsos, disfraces y hasta una peluca. Habla con vecinos, taxistas y vendedores del lugar donde apareció la camioneta. Un guardia de seguridad le habla de un hombre armado y tatuado que solía ir al apartamento, de quien se decía que había sido policía. Otros vecinos la llevan hasta el paradero de Juana Hilda González, la ex bailarina del grupo Clímax. María Isabel vigila la casa durante dos días y avisa a la policía, que allana el lugar y detiene a la joven. Varias pistas en el apartamento la llevan hasta César Freyre Morales, ex comandante de la policía judicial del estado de Morelos, apodado El Yanki y preso por corrupción.

María Isabel viaja hasta Morelos y consigue las direcciones de las casas donde Freyre había vigilado. Finalmente descubre el lugar donde éste vive en pareja, precisamente con Juana Hilda González. También averigua que Freyre sale con otra mujer llamada Keopski Daniela Salazar, que trabaja en un restaurante céntrico. Empieza a seguir a los sospechosos, hasta que el 26 de enero le oye decir a Salazar en el restaurante que en un par de días se va a El Salvador con Freyre. De inmediato María Isabel llama a uno de sus hermanos, que se acerca al restaurante. Juntos, ambos le siguen los pasos a Salazar al final de su jornada laboral.

Cuando Freyre la recibe en la puerta de su casa, María Isabel Miranda lo aborda y le reclama a su hijo. Éste le apunta con un arma hasta que su hermano se le acerca por detrás y lo reduce, mientras ella sale corriendo a pedir auxilio a unos policías. Antes de que se lo lleven detenido, Freyre acierta a amenazar de muerte a toda su familia.

Precisamente en Morelos sobreviene por esos días el desenlace de otro secuestro sonado: el del médico Joaquín Fernández Larios, de 31 años. Había sido raptado el 22 de enero después de visitar a un paciente en el Hospital México-Ángeles, en Colonia Escandón. A la media hora de ser secuestrado le envió un mensaje a su padre por el teléfono móvil, donde le pedía que no pagara el rescate. Sus padres prefirieron seguir las instrucciones de los captores, y negociaron el rescate a espaldas de la policía. El 2 de febrero efectuaron el pago en Morelos, y ese mismo día Joaquín fue asesinado.

Además de indagar de incógnito, María Isabel busca pistas llenando las calles del Distrito Federal de octavillas y vallas publicitarias. Empieza pegando folletos con una contraseña exigida por los secuestradores. Después de la captura de Freyre, decide publicar la foto de éste para encontrar testimonios en su contra. Primero lo hace en peródicos, hasta que varios empresarios le ceden espacios publicitarios gratuitamente o por un precio simbólico.

La publicación de la foto de Freyre da sus frutos: llamadas anónimas la dirigen hasta los hermanos Albert y Antonio Castillo Ruiz (alias El Panqué), sospechosos de participar en otro secuestro junto a Freyre. La confesión de la bailarina también apuntará hacia ellos. De nuevo la madre de Hugo localizará el paradero de los hermanos e informará a la policía, que los termina deteniendo el 22 de marzo. Los interrogatorios confirman lo peor: Hugo Alberto Wallace habría muerto de un infarto durante su cautiverio.

El éxito de la idea los decide a publicar enormes carteles en la vía pública ofreciendo una recompensa a cambio de información sobre los prófugos del caso, como Jacobo Tagle y su pareja Brenda Quevedo Cruz. Un martes de febrero de 2006, el Paseo de la Reforma del Distrito Federal amanece con un enorme cartel publicitario con la foto de la segunda, un teléfono y una recompensa de 50.000 pesos (unos 4.500 dólares) por su captura. Aunque a María Isabel no le gusta poner precio a los captores de su hijo, cree que así evitará que éstos sobornen a quienes podrían denunciarlos. La idea le valdrá una demanda por daño moral y difamación a cargo del padre de César Freyre, de quien decía un cartel: “Si fuiste víctima de este delincuente denúncialo”.

Miranda le responde preguntándole públicamente qué hizo o dejó de hacer él para que su propio hijo sea exhibido como un malhechor. También recibirá el apoyo del jefe de gobierno capitalino, Alejandro Encinas. Pero eso no es todo: a la semana recibirá amenazas de muerte en su teléfono móvil. “Hija de tu puta madre te vas a morir tú y toda tu familia”, dice un mensaje de texto firmado por “Brenda, quien mató a tu pendejo hijo”. María Isabel también escucha una voz anónima de mujer advirtiéndole: “Te va a pasar lo mismo que a tu hijo”.

Las pesquisas de la Agencia Federal de Investigaciones llevarán a la detención de la autora de las llamadas: Edith Marcial Flores, amiga de César Freyre que vivía en la misma calle que aquel. María Isabel reacciona solicitando al juez del caso, José Olvera, que Freyre no sea trasladado de la cárcel de alta seguridad de La Palma a un presidio local donde, según ella, no hay controles y podría seguir operando. Tony Castillo, Keopski Salazar, Hilda González y Alberto Castillo siguen entre rejas por el secuestro de Hugo, mientras Brenda Quevedo y Jacobo Tagle están prófugos. Se sospecha que también podrían estar implicados en el secuestro de Antonio Ruggeiro Martínez.

El 29 de marzo, la cuarta valla publicitaria. Esta vez muestra las fotos de Brenda Quevedo y Jacobo Tagle con la leyenda “Secuestradores y asesinos”. Recompensas de 50.000 pesos para quien conduzca a la primera, y de 250.000 para quien ayude a detener al segundo. Un quinto cartel muestra sólo la foto de Brenda Quevedo.

A fines de abril, un descubrimiento macabro. María Isabel había descubierto que Freyre era propietario de un terreno baldío en la colonia Río Balsas de Cuernavaca Morelos, a dos kilómetros del cuartel de policía donde trabajó durante años. Llevaba cinco años deshabitado, aunque hacía ocho meses que los vecinos veían que había movimiento por ahí. Le contaron a la madre de Hugo que a menudo venían dos personas y excavaban allí, ya que —decían— iban a construir un jacuzzi. Un mes después, a fines de abril, una veintena de agentes estatales y federales con perros adiestrados rastreó ese mismo terreno durante 24 horas.

El hallazgo fue hacia las cuatro de la tarde. Primero levantaron un bloque de cemento con la pala mecánica, debajo del cual había paquetes de carbón, utilizados para disimular los olores de cuerpos en descomposición. Más abajo había restos de cal, y debajo de éstos encontraron un cuerpo humano. Una bota de motociclista de punta chata era el único indicio de que podía tratarse de Hugo Alberto Wallace.

Poco después, Juana Hilda González Lomelí declara a la policía que Wallace murió entre convulsiones a causa de una paliza que le dieron sus secuestradores. Éstos incluso le sacaron fotos al cadáver con la cara vendada, para enviárselas a su madre y exigirle dinero por el rescate. Después compraron una sierra eléctrica con la que cortaron su cuerpo, y lo enterraron en un lugar desconocido.

Otra noticia trágica golpeará a la familia cuando Guadalupe Miranda Torres, la hermana de Isabel, aparezca muerte en su camioneta a inicios de julio de 2006 con una bala en el pecho. El autor del crimen fue su ex marido, en un arranque pasional, y de nuevo las pesquisas de la intrépida María Isabel llevarán a su detención días más tarde.

El caso de María Isabel Miranda evidencia la falta de confianza de los mexicanos en la justicia y las fuerzas de seguridad, y la implicación de agentes en grupos dedicados a los secuestros. Por algo el Partido Nacional acercó en su día al parlamento mexicano 100.000 firmas pidiendo leyes que solucionen la inseguridad: ocho de cada diez delitos en México no se denuncian, según un estudio de la Universidad de Guadalajara.

El secuestro y asesinato de Reginaldo Panting

El caso más recordado de 2003 en Honduras fue el secuestro y asesinato del ex ministro de Economía, petrolero y banquero Reginaldo Panting, al que hallaron en junio maniatado y con una cuerda al cuello.

Había ocupado la cartera de Economía los períodos 1986-1990 y 1998-2000. Su cuerpo apareció cerca de un complejo deportivo en el barrio San Roberto de San Pedro Sula, a 180 kilómetros al norte de Tegucigalpa. Allí arrojaron su cuerpo sin vida desde un coche  la noche del 2 de junio; así como Panting regresaba en automóvil a su casa el 18 de mayo cuando le atraparon, en la misma localidad. Fueron siete encapuchados con fusiles AK-47.

El hallazgo se produjo cuatro horas después del asesinato. La prensa informó que la familia había pagado 120.000 dólares por su vida. Panting fue la doceava víctima de secuestro en lo que iba de año en Honduras, y la segunda con desenlace fatal. Tenía 72 años y era dueño de cuatro gasolineras, cultivos de banana y caña, además de presidir de forma honorífica al Marathón, campeón de la liga hondureña de fútbol de ese año.

El funeral de Panting

Pocas horas antes de la aparición de su cuerpo, el ministro de Seguridad hondureño había anunciado la liberación de la guatemalteca Xiomara de León, también secuestrada en San Pedro Sula tres días después que Panting. Varios detenidos por el caso fueron sentenciados a cadena perpetua en 2003, mientras otro fue absuelto en 2009.

Italianos en Venezuela (y 3): Guido Mancini

¿Por qué elegir a Guido Mancini y no a otro compatriota suyo para ilustrar el rosario de italianos secuestrados en Venezuela entre 2007 y 2008, después de hacer lo propio con los casos de Filippo Sindoni y Anita Capuozzo? Fácil: porque de él sí encontramos una foto en la red. También había una imagen de Bartolomé De Vita Ramos, que fue raptado un día antes que Mancini, sólo que boca abajo y con diez balazos en el cuerpo.

Guido Mancini pudo contarlo, y aquí lo contamos. Originario de San Lorenzello (Benevento) y con tres décadas en Venezuela, el 14 de agosto de 2008 fue raptado por cuatro hombres: la víspera de un viaje que tenía programado a Italia, y el mismo día en que la Asamblea Nacional trataba una ley antisecuestro en Venezuela. Empezaron pidiendo dos millones de dólares, pero luego cambiaron de idea. Tras las advertencias de la familia sobre su delicada salud, Mancini fue liberado sin pagar rescate una semana después. Su secuestro era el número 70 en sólo ocho meses de 2008 en el estado de Zulia. Finalmente, Guido pudo volver a su San Lorenzello natal.

Ahora hablemos de los que no tienen foto. Casi una treintena de italiani all’estero afincados en Venezuela padeció un rapto durante 2007. Quien no vivió para contarlo fue un empresario de Bolonia asesinado en mayo de ese año durante un intento de secuestro en Caracas. Le sigue en la lista el joven de 18 años Matthew Short de Panfilis, hijo de un empresario y de una genovesa. Cuando cuatro personas lo secuestraron el 17 de julio en Maracaibo, ese año sumaban 108 los raptados en Venezuela: de ellos 51 habían sido liberados, 41 seguían cautivos y cinco habían muerto. El elenco de italianos siguió con Domenico Cicri, de 84 años, dueño de dos estaciones de servicio que fue secuestrado en el estado de Yaracuy.

A fines de 2007 e inicios de 2008, Venezuela parecía el escenario de una secuela de El Padrino. El 11 de diciembre secuestran el joven Ender Ramaglio, encargado de la discoteca del complejo hotelero que su padre gestiona en Yaracuy. Se dirigía al trabajo en su Ford Fiesta verde acompañado de dos operarios cuando varios hombres asaltaron el vehículo, ataron a sus acompañantes y se lo llevaron. Queda libre el 12 de diciembre, y el 13 le toca el turno a Giuseppe Ceccarelli, que a sus 74 años ve cómo varios hombres con la cara cubierta ingresan a su empresa en la zona industrial de Maracaibo y lo secuestran hasta el 17. Justo tres días antes de que también liberen al palermitano Sebastiano Li Cavoli, dos años mayor que él y desaparecido desde el mes de octubre. A fines de enero de 2008, Giancarlo Domenicone Gallo se dispone a pagar a los obreros que construyen una casa de su propiedad en el estado de Vargas, cuando se lo llevan en camioneta hasta Valencia, a 150 kilómetros de Caracas: será hallado a los cinco días. Justo la mitad de los que en febrero pasará cautivo el ingeniero Luigi Rossi, de 40 años y natural de Pescara.

Algunos ejemplos más para rematar 2008. El 23 de julio (el mismo día que salió a la red el blog con la primera versión de esta obra en PDF), el italiano Ilario Cappelletto, de 52 años, es asesinado delante de su hijo en Isla Margarita, después de retirar manos de 1.000 euros de un cajero automático. Días después, el secuestrado Armando di Battista termina un cautiverio que duraba desde el 8 de julio.

Como dijimos al principio, la víspera del caso Mancini, Bartolomé De Vita Ramos también es secuestrado en Caracas; un indigente encontrará días después su cuerpo con diez balazos en un solar. De Vita tenía 52 años, tres hijos y no era adinerado: tenía un negocio de compraventa de autos usados. Probablemente fue elegido al azar. A las tres horas del secuestro, su familia ya había pagado los diez mil bolívares fuertes del rescate. Les dijeron que iban a liberarlo. No hubo denuncia policial.

El secuestro de Hans Jorg Bosch

La última foto de Bosch (segundo por la izquierda)

Esta es la última foto conocida del gerente de la Unión de Bancos Suizos en Panamá, Hans Jorg Bosch. Se la sacaron durante un cóctel ofrecido a los participantes en un congreso sobre lavado de dinero, la tarde del 13 de agosto de 1998.

Se retiró pronto porque tenía invitados a cenar en su casa. A la salida vio a uno de sus compañeros que se había intoxicado con caviar, y Bosch le propuso que uno de los chóferes del banco le llevara al hospital.  Luego subió a sus oficinas, en el décimo piso del edificio con el funesto nombre de World Trade Center. Hacia las 19:45, unas empleadas de limpieza vieron a un hombre que las miraba junto a una camioneta con el motor encendido y tres ocupantes.  Bosch nunca fue a cenar. El guardia del edificio nunca vio salir la camioneta.

Al día siguiente, una llamada a la policía confirmó el secuestro. Once días después hubo supuestas pruebas de vida: dos faxes de Bosch a su mujer y a un directivo del banco. La agencia privada británica Kroll se ocupó del caso. El banco recibió varios correos electrónicos, que rebajaron el rescate de 30 a cinco millones de dólares.

En mayo de 2000, un informe policial pidió detener las investigaciones. En marzo del año siguiente aparecieron restos óseos, aunque los resultados de los análisis llegaron en junio de 2004: eran de Bosch. El caso se reabrió. Dos de los escoltas de un abogado amigo de Bosch fueron reconocidos por las empleadas de limpieza que vieron la camioneta. Detuvieron a abogado y escoltas, para liberarles por falta de pruebas en julio de 2005. Ese mismo mes, otros análisis de ADN realizados en Suiza desmentían los primeros resultados: los huesos no eran de Bosch.

Finalmente, en agosto de 2008 un juzgado declaró la “muerte presuntiva” de Hans Jorg Bosch. Su expediente se archivó del todo en agosto de 2011 por el Segundo Tribunal Superior de Justicia. Se supo que los negocios de Bosch tuvieron pérdidas entre 1994 y 1997. Nunca aparecieron los vídeos de las cámaras de seguridad el día que el banquero desapareció.

El secuestro de Gerardo Villeda Kattán

Si existen secuestros bisagra que marcan la historia de este delito en un país, para los salvadoreños probablemente lo sea el del niño de ocho años Gerardo Villeda Kattán (que en el libro apareció como Villena por un error tipográfico). Noventa minutos bastaron para terminar con su vida, la de dos de sus captores y dos policías en un sangriento tiroteo.

A las 6:30 de la mañana del 21 de junio de 2001, Miguel Ángel Villeda se disponía a llevar a sus hijos al colegio. Abrió el portón de su casa en la calle Motocross, y cuando empezaba a sacar su vehículo un hombre con pasamontañas le apuntó en la cabeza con una pistola. En un minuto le quitó las llaves, el reloj, el teléfono y una pulsera, y le exigió que le diese una pistola que él solía llevar encima. Luego se fue, y Miguel Ángel entró en la casa a buscar un duplicado de las llaves del coche y sacar un arma.

Junto al mayor y el menor de sus hijos subió al auto de nuevo y recorrió el barrio de Colonia Miralvalle, hasta que llamó a su hermano y le pidió que hiciera la denuncia del robo. Al volver a la casa, la sirvienta le dijo que dos hombres se habían llevado a su hijo Gerardo mientras el otro robaba al padre. Como éste nunca vio a Gerardo entrar ni salir del patio durante el asalto a su coche, creyó que seguía dentro de la casa. No era así.

Los secuestradores sabían que Miguel Ángel Villeda iba armado gracias a un mecánico de confianza que les informó de los movimientos de la familia. Sin embargo, a las cuatro de la mañana una llamada anónima al 911 había alertado a la policía que habría un inminente secuestro en la zona. Incluso dio la matrícula del Honda Civic blanco que usarían los captores y la dirección del lugar de cautiverio, en Mejicanos.

A las seis de la mañana la policía identificó al Honda y empezó a seguirlo, pero lo perdió poco antes de llegar a la calle Motocross. Después del secuestro el coche ingresó en una casa rodeada con láminas de chapa en la colonia Las Delicias, de nuevo en Mejicanos, donde dejaron a Gerardo. Poco después el auto partió de nuevo junto con una moto, hasta que el Civic fue abandonado a ocho manzanas de allí. Los dos hombres que conducían sendos vehículos fueron detenidos cuando regresaban a la casa, que quedó cercada por decenas de agentes.

El operativo policial que terminó con la muerte de Gerardo

Durente el operativo Gerardo fue ejecutado de un balazo en la cabeza por el jefe de la banda (Eduardo Henríquez alias Gigio, responsable de varios secuestros), según informó la policía inicialmente; aunque más tarde se habló de varios autores. El niño también tenía un disparo en el tórax y cinco más en un brazo. Hubo un largo intercambio de tiros entre los agentes y los secuestradores, que se saldó con dos muertes en cada bando.

Henríquez, bañado en sangre, y seis cómplices más (entre ellos una mujer) fueron detenidos. Gigio no vivió mucho más: el 26 fue trasladado al penal de Gotera, donde fue asesinado al día siguiente por sus compañeros de celda.

Se habló de ejecución policial y de ajuste de cuentas entre reclusos, ya que Henríquez se habría quedado con el rescate de un secuestro anterior. Hubo críticas al procedimiento policial y pedidos de pena de muerte. El resto de secuestradores fue condenado a penas de hasta 125 años de cárcel. El último en recibir sentencia, Luis Mario Ángel Cerón, fue señalado como el asesino de Gerardo y de los dos policías.

Los padres de Gerardo Villeda en su funeral

Su muerte fue el colofón a tres años en que los secuestradores tomaron el relevo a los escuadrones de la muerte de las décadas de 1960 y 1970. Después del asesinato de Gerardo, en El Salvador se endurecieron las penas y empezó a descender el número de secuestros.

El secuestro y muerte de Edwin René Palacios

Ante todo una disculpa: en el apartado sobre el secuestro en Honduras de la versión original del libro, se menciona que el joven hondureño Edwin René Palacios fue secuestrado en octubre de 2007 y pasó tres meses cautivo. Lamentablemente, no fue así. Edwin siguió desaparecido hasta que en mayo de 2009 se hallaron sus restos óseos en una montaña al norte de Honduras.

Su hermano, el futbolista Wilson Palacios, había debutado un mes antes en las ligas europeas: concretamente en las filas del Birmingham City inglés, tras realizar pruebas en el Arsenal británico, el Mónaco francés y el Estrella Roja de Belgrado.

Edwin era el menor de una familia de futbolistas. A sus 15 años ya era más que una promesa; jugaba en las inferiores de la selección hondureña, y era reserva en el club Olimpia de sus amores.

Apenas pudo seguir los partidos de su hermano en la Premier League británica. La noche del 30 de octubre de 2007, cinco encapuchados rompieron la cerradura de su casa en el barrio Las Mercedes de La Ceiba, ataron a sus padres debajo de la cama y se lo llevaron a él.  La familia pagó un rescate el 13 de noviembre; según la policía, ese mismo día Edwin fue asesinado.

Dos pandilleros presos, miembros de la mara La 18 (que opera en el país, al igual que la famosa Mara Salvatrucha) alertaron a la policía de que Edwin estaba enterrado en una plantación de cacao en la zona de Omoa, al norte de Honduras. Tras cuatro días de excavaciones encontraron una osamenta: primero un cráneo con un orificio en el lado izquierdo, y luego el resto a dos metros de proundidad. No hallaron dos falanges de los dedos de una mano. Al lado de los huesos había una bolsa con ropa deportiva del club Olimpia. Sus captores primero cavaron la fosa, luego le dispararon y Edwin cayó de costado, en posición fetal.

Familiares ante el féretro de Edwin

Pericias odontológicas y análisis de ADN confirmaron lo peor. Edwin ya no pudo ver a su hermano fichar por el Tottenham británico tras recibir elogios del entrenador de Manchester United. Ni a Jerry, otro de sus hermanos, dedicarle el torneo apertura de su país tras consagrarse como máximo goleador en 2009.

Wilson Palacios, jugador del Tottenham
Jerry Palacios le dedica el campeonato a Edwin

El secuestro de Antonio Echarri

Pablo y Antonio Echarri el día de la liberación

El actor Pablo Echarri fue uno de los primeros personajes públicos argentinos en vivir el secuestro de un familiar en este siglo. El de su padre se sumó a la ola de casos que venía sufriendo la provincia de Buenos Aires en 2002.

A Antonio Echarri, de 66 años, le secuestraron de madrugada del 24 de octubre de camino al puesto de diarios que atendía en Avellaneda. Las primeras noticias hablaban de una amenaza a Pablo: “Si vemos rondar un solo policía por tu casa, le pegamos un tiro en la cabeza a tu papá”. Hubo un pedido inicial de 100.000 dólares y la familia, preocupada por los problemas cardíacos y de diabetis de Antonio, cerró filas sin hacer la denuncia.

El 29 el propio Pablo fue a pagar el rescate de unos 200.000 pesos, a cuatro manzanas del Congreso Nacional. Para eludir a los periodistas que hacían guardia frente a la casa de su padre (por más que la familia les había pedido que se fueran), Pablo tuvo que treparse al tejado hasta alcanzar una casa contigua sin ser visto. Las cámaras sí le captaron cuando regresaba al domicilio por la terraza.

Horas después hubo varios detenidos, que habían recibido el dinero y traicionado a sus cómplices. El jueves 31 la policía rescató a Antonio Echarri en una casa de Burzaco. Él mismo relató su experiencia aquí y aquí.

En seguida siguieron otras detenciones: un sargento retirado de la Policía Federal, un vendedor de teléfonos móviles y un productor del programa televisivo del periodista Mauro Viale (el propio Antonio Echarri acusará a Viale de torturar a la familia con noticias falsas, como una grabación con su voz que retransmitió al aire y que nunca existió). Echarri no reconoció a ninguno, aunque otras tres personas fueron procesadas como coautoras del secuestro.

La cosa no acabó ahí. El 10 de noviembre apareció en un arroyo cercano al Riachuelo el cuerpo baleado y apuñalado de un joven. En marzo de 2003 se supo que se trataba de Ezequiel Di Cugno, que custodió a Antonio Echarri hasta poco antes de que la policía le rescatara y luego se habría dado a la fuga. Poco después detuvieron a su cómplice Fabián Mónaco, al que acusaron de asesinar a Di Cugno. Otro prófugo por el caso, Pablo Mettica, apareció en 2009 con una bala en la cabeza en el maletero de un coche en Avellaneda.

Antonio Echarri siguió vendiendo diarios y revistas hasta que falleció en 2009 de una afección pulmonar. En este especial del programa Intrusos de Jorge Rial se recuerda el caso con testimonios del propio Antonio y de su hijo.

Y para ilustrar la polémica entre los Echarri y Mauro Viale por las mentiras y manipulaciones de éste durante la cobertura del secuestro, ahí va un resumen bastante demoledor realizado por el programa TVR.